Hoy, 27 de julio, conmemoramos el 191.º aniversario del nacimiento del Gran Almirante del Perú, don Miguel Grau Seminario, conocido también como el “Caballero de los Mares” y, desde el año 2000, como el “Peruano del Milenio”, título otorgado tras una encuesta realizada a nivel nacional por el diario El Comercio de Lima.
Mucho se ha escrito y leído sobre su vida, principalmente en relación con su actuación en la campaña naval de 1879, así como sobre su participación en la política. Sin embargo, en esta oportunidad, quisiera reflexionar rescatando lo escrito por diversos autores sobre Grau como ser humano. Un hombre cuya vida no fue fácil: pocos podrían soportar tantas carencias materiales y espirituales y, aun así, conducirse con tanto coraje, valentía, honradez y humildad.
Miguel Grau nació en Piura en 1834, cuando el Perú apenas había logrado su independencia. No obstante, las costumbres y el ambiente aún conservaban vestigios del virreinato. Fue bautizado el 3 de septiembre de 1834 en la Iglesia Matriz de Piura. Según consta en su partida, tenía un mes y siete días de nacido, por lo que su nacimiento ocurrió el 27 de julio.
Fue hijo natural del teniente coronel Juan Manuel Grau Berrío y de la dama piurana Josefa Seminario del Castillo (empleo ese nombre para evitar comentarios). Doña Luisa (nombre real de su madre) estaba casada con el capitán colombiano Pío Díaz, con quien tuvo tres hijos: Roberto, Emilio y Balbina. De su relación con Juan Manuel Grau nacieron Miguel María Grau Seminario (nombre con el que fue bautizado) y tres hermanos completos: uno mayor, Miguel Enrique Federico, y dos hermanas menores, Ana Joaquina Gerónima y María Dolores Ruperta.
Sobre sus primeros años de vida se ha escrito poco, y las versiones existentes carecen de documentación. En 1842, cuando Miguel tenía apenas ocho años, él y su hermano Enrique se fueron a vivir a Paita con su padre, quien había sido nombrado vista de aduana. No se conocen las razones de esta separación, pero desde ese momento nunca volvió a ver a su madre. Es difícil imaginar la situación de un padre con un salario modesto, viviendo en una casa pequeña, sin un hogar consolidado ni la presencia materna: un entorno poco favorable para la formación de los niños.
Es en Paita donde Miguel y su hermano comienzan a tomar contacto con el mar, observando el ir y venir de embarcaciones pesqueras, el arribo de buques mercantes que hacían escala en su ruta entre Panamá y el Callao, así como el traslado manual de las cargas desde los barcos hasta la playa. Así nace en él una temprana vocación marítima, al tiempo que comprendía la dureza de esa vida.
Cuando tenía apenas nueve años, solicitó autorización a su padre para embarcarse como grumete en alguna embarcación. Es importante señalar que los buques en los que Grau se embarcó en esos años desplazaban entre 45 y 400 toneladas y tenían dotaciones que no superaban los diez hombres. Solo su último buque de esa etapa superaba las mil toneladas.
Su primera travesía fue en la goleta Tescua, al mando del capitán Herrera, desde Paita hasta Huanchaco, y de allí al puerto de Buenaventura. La embarcación encalló en la isla Gorgona. No se tiene información precisa de este suceso, pero es fácil imaginar el cúmulo de nuevas experiencias vividas. Cabe resaltar que Grau nunca escribió ni comentó nada sobre este naufragio, lo que refleja lo reservado de su carácter.
Durante este período realizó múltiples escalas en Paita, donde retomó contacto con su padre, forjando una relación cercana que perduraría por años. Fueron diez años en los que el niño y joven Grau navegó en doce embarcaciones distintas, recorriendo prácticamente todo el mundo. Esta etapa ha sido investigada con gran detalle por el doctor en Historia y capitán de navío Jorge Ortiz Sotelo, quien relata cada uno de sus viajes, las embarcaciones en que sirvió y las funciones que desempeñó.
Grau comenzó una formación que, aunque no académica, le permitió conocer a fondo la vida en el mar. Luego del naufragio de la Tescua, se embarcó en la goleta peruana Florita, navegando entre Paita, el Callao y Buenaventura. Posteriormente, formó parte del bergantín nacional Josefa, que transportaba el correo entre el Callao y Panamá, buques que tenían dotaciones de nueve hombres y desplazaban 140 y 400 toneladas respectivamente.
Su siguiente embarcación fue la fragata ballenera norteamericana Oregón, de 339 toneladas, donde permaneció 22 meses. En ese tiempo visitó las islas Marquesas, Sandwich y Sociedad, retornando luego al Callao. Posteriormente se embarcó en la fragata peruana que transportaba guano desde Chincha a Liverpool y Burdeos, retornando por Río de Janeiro al Callao.
Desde allí embarcó en el bergantín nacional Conroy rumbo a Hong Kong. Este fue el viaje más difícil para Grau en su juventud, ya que conoció de cerca la situación de los trabajadores chinos contratados para laborar en las guaneras del Perú. En Macao se embarcó en la fragata británica Greenwich, que probablemente transportaba chinos a San Francisco. Luego sirvió en la fragata norteamericana Corsair, con la cual retornó a Shanghái y Hong Kong. En Singapur se embarcó en la fragata Witchcraft, que navegaba por la costa californiana.
Su décimo embarque fue en la fragata Stay Hong, que lo llevó a Nueva York, donde desembarcó en Boston. Allí se embarcó en la Seabon, que lo condujo por el Cabo de Hornos hasta California entre 1852 y 1853. Finalmente, se embarcó en el Golden Eagle, en California, retornando al Callao el 23 de julio de 1853, con casi 20 años de edad.
Durante este periodo Grau se forjó como persona y marino. En una época en la que la navegación era exclusivamente a vela, aprendió inglés —idioma predominante en los buques— y, sobre todo, adquirió una vasta experiencia humana, conociendo distintas culturas y fortaleciendo su carácter y vocación marítima. En total, recorrió 102,851 millas náuticas, equivalentes a dar la vuelta al mundo casi 140 veces.
En 1853, su padre solicitó formalmente la incorporación de Miguel y su hermano Enrique a la Marina de Guerra, ambos con amplia experiencia. La solicitud fue aceptada en marzo de 1854, ingresando como guardiamarina, paso previo a oficial. Se graduó como alférez de fragata en 1856. Su primer buque fue el Rímac, donde coincidió con su medio hermano Emilio Díaz Seminario, segundo comandante del Apurímac.
En ese tiempo vivió un hecho difícil: el general Vivanco inició una revolución contra el presidente Ramón Castilla, y a bordo del Apurímac, un grupo de oficiales apoyó el levantamiento y capturó el buque. ¿Qué motivó a Grau a apoyar esta decisión? No era un joven alocado; era maduro para su edad y pudo haber sido influenciado por su paisano, el teniente segundo Lizardo Montero. Lo cierto es que fue su primer contacto con la política nacional. El levantamiento fue rápidamente neutralizado, y los oficiales fueron severamente castigados. Grau fue separado del servicio activo entre 1858 y 1863.
Durante ese periodo volvió a la marina mercante, realizando cabotaje entre puertos peruanos. Primero, en la goleta María Cristina, transportando carga y pasajeros, y luego en el bergantín Apurímac, donde llegó a ser su piloto. Se sabe que entre 1859 y 1862 participó en una expedición a la Polinesia en busca de trabajadores para la agricultura y el servicio doméstico en el Perú, etapa polémica en su trayectoria. El Apurímac encalló en la isla Humphrey durante un fuerte temporal. A pesar de los preparativos, el buque se hundió. Lograron salvar sus vidas y pertenencias, y fueron rescatados nueve días después por el bergantín Trujillo. Es importante destacar que Grau era un profesional al servicio de la marina mercante y no participó directamente en el negocio de la inmigración polinesia.
Se reincorporó al servicio activo en 1864, cuando el gobierno peruano decidió construir dos buques en Inglaterra y adquirir otros dos en Francia como medida disuasiva ante las pretensiones españolas. Grau fue enviado a Londres y luego a Saint-Nazaire para hacerse cargo de la corbeta Unión. Inspeccionó el buque minuciosamente y partió hacia Plymouth para aprovisionarlo y contratar tripulación. Allí fue arrestado por la policía británica, acusado de violar la ley que prohibía contratar súbditos ingleses. Fue llevado a juicio en Londres, pero liberado por falta de pruebas. Este incidente fue promovido por la diplomacia española, que sospechaba de los buques peruanos.
Recibió la orden de zarpar de inmediato. Aunque comunicó que el buque no estaba listo, acató la orden y, junto a la corbeta América, partió rumbo al Perú.
En Valparaíso se reencontró con su padre, ya envejecido, quien intentó disuadirlo de unirse a la revolución liderada por Mariano Ignacio Prado. Grau, ante un nuevo dilema político, eligió unirse al movimiento, considerando que el honor nacional estaba en juego. Ya era un oficial maduro, con vasta experiencia y criterio propio.
Tras las victorias de Abtao y el 2 de mayo, el gobierno de Prado planeó atacar Filipinas, posesión española. Se contrató al contralmirante estadounidense John Randolph Tucker, a quien se le confió el mando de la escuadra. Todos los comandantes peruanos renunciaron en protesta y fueron sustituidos. A su llegada al Callao, fueron apresados y enviados a la isla San Lorenzo para un Consejo de Guerra por traición a la patria. Grau fue defendido por el Dr. Luis Benjamín Cisneros, pero ya existía una decisión política: todos serían sancionados con la pérdida del servicio.
Entre 1867 y 1868, Grau volvió a la marina mercante, trabajando para la Compañía Inglesa de Vapores como capitán del vapor Callao y posteriormente del Quito, realizando cabotaje en puertos peruanos. Fue el primer sudamericano en comandar un buque de bandera inglesa.
En 1868, se reincorporó al servicio activo y fue nombrado comandante del Huáscar. Fue testigo de la orden presidencial de desarmar la escuadra. Aunque no participó directamente, no permaneció indiferente. Durante el levantamiento de los hermanos Gutiérrez, se opuso firmemente y convenció a los comandantes a rebelarse contra una autoridad ilegítima. Aunque no era un político, comprendía que su deber militar exigía una visión del interés nacional. Así, defendió el orden constitucional y apoyó al presidente electo, haciendo fracasar la revolución.
He intentado hacer una reseña poco conocida de su vida, para identificar al hombre. Sus contemporáneos lo describían como sobrio, decoroso y natural en sus gestos y actitudes. Silencioso, sereno, austero y solidario; parco al hablar, severo, poco expresivo y a menudo taciturno. No era un hombre de discursos, y sus palabras fluían con largos intervalos. Poseía una singular combinación de fortaleza y una melancólica sensibilidad, que quizás resume mejor su esencia.
Autor: Capitán de Navío (R) José Antonio Sifuentes Espinosa, docente facilitador de la Escuela Superior Conjunta de las Fuerzas Armadas.
Bibliografía:
- José Agustín de la Puente Candamo. Miguel Grau. Instituto de Estudios Históricos Marítimos del Perú.
- Jorge Ortiz Sotelo. El Almirante Miguel Grau (1834–1879)
- Jorge Ortiz Sotelo. Una aproximación biográfica, 1999
- Jorge Ortiz Sotelo. El grumete Miguel Grau a bordo del ballenero Oregón (1846–1848)
- Instituto de Estudios Históricos Marítimos del Perú. Miguel Grau, el hombre y el mar: y a los 8 años se hizo a la mar

